Street lights

viernes, febrero 5, 2016

Cae la noche y la ciudad se tiñe de negro una vez más, pero no desaparece tras la oscuridad. Se muestra reluciente, iluminando espacios que durante el día, a causa del movimiento frenético de la multitud, el paso irrefrenable de los minutos, que no nos dan descanso y las muchas ocupaciones diarias, no podemos apreciar bien. Y aunque lo hagamos, todo tiene un encanto especial a la claridad de esas luces, luces de una ciudad que, no podemos decir que nunca duerma, pero sí que siempre vive.

La luz de ese escaparate de tienda que ya está cerrada, de ese restaurante que aún no acaba su jornada, de un local que justo la empieza… Luces que iluminan una calle de adoquines miles de veces recorrida por personas de aquí y de allí. Luces de coches que recorren sin parar los larguísimos carriles en dirección a quién sabe donde.

Pienso en lo mucho que me gusta esta ciudad pero muy pocas veces la he recorrido de noche como hago ahora, y he de reconocer que en ella el tiempo pasa de forma distinta, y durante la noche mucho más. No hace falta viajar a otro país para descubrir edificios, monumentos y lugares increíbles, con una historia, con un pasado que se mantiene en el presente, entre nosotros, a día de hoy. Pese a que resido en los alrededores me cuesta muy poquito llegar al centro, y disfruto mucho de ello. Barcelona no solo ofrece preciosas vistas y lugares que visitar, sino oportunidades, perspectivas y mucha diversidad. Una ciudad tan amplia en espacio como en miras que acoge gran cantidad de personas, que ve nacer, crecer y marchar, personas de diferentes culturas, ideas y etnias, a las que acoge y engloba bajo un mismo techo.

Llegamos en frente del Palau de la Música, un imponente edificio que resulta precioso, con una fachada a la que la oscuridad es incapaz de restarle una pizca de importancia. La grandeza de su significado histórico y cultural se equipara a la belleza de su sobrecogedora fachada, y su estructura, que lo convierten en una verdadera obra de arte.

Paso a paso avancé por las calles del Barri Gòtic, la parte más antigua de la ciudad, donde empecé a oír ecos de una voz que sonaba en medio del silencio, retumbando entre las robustas paredes de piedra. En una plaza, entre una pequeña multitud, un cantante anónimo nos brindaba un trocito de sí mismo en un escenario improvisado, con un chorro de voz que nos retuvo allí, escuchando en una fría noche de invierno un canto cálido, de letra italiana, con una acústica propia de un auditorio.

Al final de este paseo, descubro en una galería que emana un encanto con un halo de misterio, la Basílica Galería desplegaba ante mis ojos una muestra de colecciones de piezas de joyería que en la mayoría presentaban una temática muy conectada con la naturaleza, con un cierto toque de bello misticismo. Me vi por un momento rodeada por un ambiente un tanto fantasioso, como de cuento. No había entrado nunca en aquel lugar, pero sentí estar en algo más que una simple galería, más que una tienda con encanto.

Me dejo bañar por estos matices, por todas esas luces que brinda este gran centro, luces de tolerancia, de mezclas, de cultura, de moda, de proyectos, de estudios, de trabajo y de calma. Una ciudad que no se contenta y sigue creciendo día a día en aires de progreso.

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Coat: MANGO

Leggins: CALZEDONIA

Boots: ASOS

Bag: PUNT ROMA

Scarf: MANGO

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